A las ocho y cuarto de la mañana, el autobús 24 va lleno. No hay un asiento libre y los que van de pie se sujetan con una mano mientras con la otra sostienen el teléfono, como si el aparato pesara más que el propio cuerpo y hubiera que equilibrarlo....
Hay pueblos que solo existen de verdad dos meses al año.
El resto del tiempo permanecen ahí, inmóviles, como si respiraran muy despacio para gastar la menor energía posible. Las persianas permanecen cerradas, las plazas se vacían después del mediodía y el reloj de la iglesia parece marcar una hora distinta, más lenta, ajena a la prisa de las ciudades.
Pero llega julio y todo cambia...
En el armario de mi habitación, detrás de la ropa de invierno, sigue una maleta pequeña, medio vacía, que nunca he llegado a guardar del todo. No sé bien por qué la mantengo ahí, a la vista, en lugar de meterla en el trastero como el resto de trastos que ya no uso. Creo que es porque...
A las cinco y diez de la mañana, la ciudad todavía no ha decidido despertarse. Las farolas siguen encendidas, el aire conserva un frescor que desaparecerá en menos de dos horas y las calles pertenecen a una especie distinta de habitantes, personas que rara vez coinciden con quienes llenarán las aceras cuando amanezca...
A las tres de la tarde, en pleno julio, esta ciudad hace algo extraño: desaparece sin haberse ido a ningún sitio.
Las persianas están bajadas hasta la mitad, como párpados entornados. Los toldos de las terrazas cuelgan inmóviles, sin una gota de viento que los mueva...
El humo llega antes que la noticia. Eso es lo primero que noto: un olor que se cuela por la ventana entreabierta, dulzón y amargo a la vez, como si alguien estuviera quemando algo que no debería quemarse...