La maleta que nunca se termina de deshacer
En el armario de mi habitación, detrás de la ropa de invierno, sigue una maleta pequeña, medio vacía, que nunca he llegado a guardar del todo. No sé bien por qué la mantengo ahí, a la vista, en lugar de meterla en el trastero como el resto de trastos que ya no uso. Creo que es porque, en el fondo, todavía no he decidido si estoy de paso o si me he quedado para siempre, y esa maleta es la prueba física de esa indecisión que llevo dentro desde el día que llegué.
Los domingos por la tarde, sobre las siete, hago una videollamada a casa. Es una hora rara aquí —ni de comer ni de cenar, un hueco muerto del día— pero allí, con la diferencia horaria, es la hora en que toda la familia se reúne después del almuerzo. Veo la cocina de mi madre a través de una pantalla de seis pulgadas: la misma mesa, el mismo mantel de flores que lleva puesto desde que yo era niño, las mismas voces que se superponen unas a otras porque nadie espera su turno para hablar. Por un rato, mientras dura la llamada, estoy en dos sitios a la vez, y ninguno de los dos es del todo real.
Cuelgo la llamada y salgo a la calle. Es lunes por la mañana en el barrio, y la ciudad funciona con esa normalidad implacable que tienen las ciudades que no son las tuyas: los autobuses llegan a su hora, la gente hace cola sin empujar, alguien barre la acera frente a su portal aunque no sea su obligación. Todo esto me sigue pareciendo, después de años, ligeramente milagroso, porque vengo de un lugar donde nada de esto se podía dar por hecho, donde la normalidad era, precisamente, la excepción.
En la cola del banco, delante de mí, hay un hombre discutiendo con la empleada por una comisión de veinte euros que le han cobrado por enviar dinero a su país. Reconozco el gesto en su cara, esa mezcla de vergüenza y cansancio de quien tiene que justificar, otra vez, por qué necesita mandar dinero fuera, por qué su vida está repartida entre dos economías, dos monedas, dos calendarios de gastos que nunca terminan de encajar. Yo también he hecho esa cola. Yo también he calculado, con una calculadora mental que se me quedó instalada para siempre, cuánto vale aquí lo que allí vale el triple, y cuánto cuesta allí lo que aquí parece barato.
Hay una palabra que usamos entre los que hemos venido de fuera, y es "allá". No decimos "en mi país", casi nunca, decimos "allá", como si el propio nombre del lugar se hubiera vuelto demasiado pesado para pronunciarlo entero. "Allá hace más calor en esta época." "Allá esto no se puede comprar." "Allá mi madre todavía vive en la misma casa." Allá es una palabra que cabe en la boca sin doler tanto como el nombre completo.
Y sin embargo, hay algo que nadie te cuenta antes de emigrar: que un día, sin darte cuenta, empiezas a decir "aquí" con la misma naturalidad con la que dices "allá", y que ese día no se anuncia con ninguna fecha señalada, ocurre sin ceremonia, en mitad de una frase cualquiera, cuando alguien te pregunta si prefieres quedarte en España las próximas fiestas y respondes que sí, sin necesidad de pensarlo, porque aquí ya tienes una vida entera construida: un trabajo, unas amistades, una rutina que no depende de nadie más que de ti.
Esa noche, después de la cola del banco, después del lunes normal de una ciudad que ya casi es mía, vuelvo a mi habitación y miro la maleta del armario. Sigue medio vacía, sigue ahí, como un recordatorio de que en algún momento pensé que esto era temporal. La toco, la dejo donde está. No sé si algún día la voy a guardar del todo o si la voy a llenar de nuevo para volver. Pero he entendido, por fin, que esa maleta no es una amenaza de irme ni una promesa de volver. Es, simplemente, la forma que tiene mi memoria de recordarme de dónde vengo, mientras construyo, cada día, un poco más de dónde estoy.
- Gustavo Balta