La cafetería que abre antes que el sol
A las cinco y diez de la mañana, la ciudad todavía no ha decidido despertarse. Las farolas siguen encendidas, el aire conserva un frescor que desaparecerá en menos de dos horas y las calles pertenecen a una especie distinta de habitantes, personas que rara vez coinciden con quienes llenarán las aceras cuando amanezca.
La cafetería de la esquina ya está abierta.
No tiene nada extraordinario. Dos mesas en la terraza, una barra de aluminio gastada por miles de codos apoyados, una máquina de café que resopla como una vieja locomotora y un reloj que siempre parece ir cinco minutos adelantado. Sin embargo, a esa hora es el lugar más importante del barrio.
El primero en entrar es el repartidor del pan. No necesita pedir. El camarero ya está preparando el café cuando empuja la puerta.
Después llega la mujer que limpia oficinas. Se sienta siempre en la misma mesa, bebe el café lentamente y mira la calle como quien reúne fuerzas antes de empezar una jornada que nadie verá.
Cinco minutos más tarde aparece un taxista. Luego un conductor de autobús. Un barrendero municipal. Un enfermero que sale del turno de noche. Ninguno habla demasiado. Entre ellos existe un idioma hecho de gestos: un saludo con la cabeza, una sonrisa breve, un «que tengas buen día» dicho sin ceremonia.
Pienso que las ciudades suelen contarse desde el bullicio, desde las plazas llenas o las avenidas abarrotadas. Pero quizá una ciudad se parezca más a quienes la ponen en marcha mientras los demás todavía duermen.
El camarero conoce las historias de casi todos. Sabe quién espera una llamada del hospital. Quién tiene un hijo trabajando lejos. Quién dejó de venir porque se jubiló y quién dejó de hacerlo porque ya no pudo volver.
No pregunta demasiado. Sirve cafés. Escucha cuando hace falta. A veces, eso basta para sostener una mañana.
Fuera, el cielo empieza a perder el negro de la noche. Las primeras ventanas se iluminan. Un autobús cruza la avenida con apenas tres pasajeros. Un ciclista pasa sin hacer ruido. La ciudad comienza, poco a poco, a ocupar el lugar que había dejado vacío durante unas horas.
Los clientes cambian. Llegan quienes llevan a los niños al colegio, quienes trabajan en oficinas, quienes buscan un desayuno rápido antes de enfrentarse al día. La cafetería ya no es la misma. Tampoco la ciudad.
Los héroes de las cinco de la mañana se han marchado sin hacer ruido. Han dejado la mesa limpia, la taza vacía y unas monedas junto al plato.
Nadie reparará en ellos cuando la ciudad alcance su velocidad habitual.
Pero cada mañana, mucho antes de que salga el sol, alguien enciende la cafetera, levanta una persiana y prepara el primer café del día.
Quizá las ciudades no despierten con el amanecer.
Quizá despierten con el aroma del primer café.
- Gustavo Balta