Los pueblos que vuelven a llenarse en verano


Hay pueblos que solo existen de verdad dos meses al año.


El resto del tiempo permanecen ahí, inmóviles, como si respiraran muy despacio para gastar la menor energía posible. Las persianas permanecen cerradas, las plazas se vacían después del mediodía y el reloj de la iglesia parece marcar una hora distinta, más lenta, ajena a la prisa de las ciudades.


Pero llega julio y todo cambia.


Las primeras señales no son los coches con maletas ni las terrazas llenas. Son los balcones abiertos después de meses, las macetas que vuelven a tener flores y el olor a pintura fresca en alguna fachada. Alguien barre la puerta de una casa que llevaba cerrada desde el otoño. Otro cambia la bombilla del portal. El pueblo empieza a despertarse mucho antes de que lleguen todos sus habitantes temporales.


Después aparecen los nietos.


Corren por calles donde durante el invierno solo se escuchaban los pasos de cuatro o cinco vecinos. Descubren otra vez la plaza, la fuente, el frontón, el árbol donde sus padres jugaban cuando tenían su edad. Para ellos todo es nuevo. Para los mayores, todo es un recuerdo que vuelve a caminar.


En el bar de siempre hacen falta más mesas.


El camarero ya conoce las preguntas.


—¿Qué tal el invierno?


—¿Y tu madre?


—¿Vendrá este año tu hermano?


Las conversaciones empiezan exactamente donde terminaron el verano anterior, como si el calendario hubiera permanecido detenido durante diez meses.


La panadería vuelve a hacer el doble de barras. El mercado improvisa un puesto más de fruta. El ayuntamiento organiza verbenas, conciertos y cine al aire libre. Incluso las campanas parecen sonar con más fuerza cuando la plaza vuelve a llenarse.


Hay pueblos donde el verano no es una estación.


Es una forma de recuperar la memoria.


Las casas vuelven a oler a comida compartida. Las sobremesas se alargan. Los niños juegan hasta que las farolas se encienden y los mayores sacan las sillas a la puerta para hablar de la cosecha, del calor o de los que ya no regresarán.


Porque también están ellos.


Las ventanas que permanecen cerradas incluso en agosto.


Las casas donde antes había risas y ahora solo queda una llave guardada por algún vecino. Cada verano falta alguien, y el pueblo lo nota sin necesidad de decirlo.


Sin embargo, la vida insiste.


Un bebé llega por primera vez al pueblo donde nació su abuelo. Un adolescente aprende a montar en bicicleta por las mismas calles que recorrió su madre. Una pareja decide restaurar la vieja casa familiar en lugar de venderla.


Y entonces uno comprende que los pueblos no sobreviven únicamente gracias a quienes nunca se fueron.


También sobreviven gracias a quienes siempre encuentran un motivo para volver.


Cuando termina agosto, las maletas regresan a los coches. Las persianas vuelven a cerrarse poco a poco. El silencio recupera las calles y la plaza vuelve a quedarse casi vacía.


Pero esta vez el pueblo no parece dormido.


Parece estar esperando.


Sabe que, dentro de un año, volverá a escuchar las mismas voces, los mismos saludos y las mismas risas.


Quizá los pueblos no se vacíen nunca del todo.


Quizá pasen el invierno cuidando los recuerdos para devolvernos, cada verano, la sensación de que aún existe un lugar al que siempre podemos regresar.



                                                                                                                                                                                                                             - Gustavo Balta