Lo que queda cuando el monte olvida
El humo llega antes que la noticia. Eso es lo primero que noto: un olor que se cuela por la ventana entreabierta, dulzón y amargo a la vez, como si alguien estuviera quemando algo que no debería quemarse. Miro el cielo y está de un color que no tiene nombre exacto, entre gris y naranja, un color que solo existe cuando el aire lleva ceniza suspendida.
El pueblo está a cuarenta kilómetros del incendio, pero el cielo no entiende de kilómetros. La luz cae distinta sobre las fachadas, más baja, más rojiza, como si fuera un atardecer permanente a las once de la mañana. Una vecina saca la ropa tendida antes de tiempo, antes de que se seque del todo, porque dice que si la deja fuera se le va a quedar el olor a humo pegado a las sábanas para toda la semana.
En la plaza, tres hombres mayores comentan las noticias que les llegan por el móvil, no por la televisión: fotos de un monte que conocen, que han pisado de niños, ardiendo en directo. Uno de ellos dice un nombre de sierra, un paraje, una zona de pinos donde llevaba a las cabras hace sesenta años, y lo dice con la misma extrañeza con la que se nombra a alguien que ha muerto: como si ya tuviera que hablar de ese lugar en pasado.
Es curioso lo que hace un incendio con el tiempo verbal. Antes del fuego, el monte se describe en presente: "el pinar que hay detrás de la ermita", "el barranco donde nacen las setas en octubre". Después del fuego, todo pasa automáticamente al pretérito: "el pinar que había", "el barranco donde nacían". El paisaje pierde no solo los árboles, pierde también su tiempo verbal, y con él, algo de su realidad. Deja de ser un lugar y se convierte en un recuerdo del que hay que hablar con cuidado, como se habla de alguien que ya no está.
Voy hasta el mirador, aunque el ayuntamiento ha pedido que nadie se acerque a la zona. Desde lejos, con prismáticos, se ve la línea del fuego avanzando despacio por una ladera, y me sorprende lo silencioso que parece desde esta distancia, casi elegante, una serpiente naranja que se desliza entre los pinos sin prisa aparente, aunque sé que ahí dentro el ruido debe de ser insoportable: el crepitar, los helicópteros, las órdenes gritadas por radio, los animales huyendo en todas direcciones a la vez.
Un guardia forestal, apoyado en su coche a un lado de la carretera, me cuenta —sin que yo le pregunte demasiado, solo porque necesita decírselo a alguien— que llevan dieciocho horas seguidas y que lo peor no es el fuego que se ve, sino el que no se ve: el que se mete bajo tierra, en las raíces, y reaparece días después a varios metros de donde lo dabas por apagado. Dice esa frase y se queda callado un momento, mirando hacia la columna de humo, como si estuviera pensando en otra cosa que no me va a contar.
Dos días después, cuando el fuego ya está controlado y el cielo ha vuelto a su color de siempre, camino por los límites de lo quemado, donde el ayuntamiento ya permite el paso. La frontera es exacta, casi dibujada con regla: a un lado, verde; al otro, negro. Los troncos que quedan en pie parecen postes de una valla que ya no protege nada. El suelo, bajo mis pies, hace un ruido distinto al pisarlo, un crujido seco que no había oído nunca, como si la propia tierra se hubiera quedado sin saliva.
Pero hay algo que no esperaba encontrar: entre la ceniza, muy cerca de un tronco todavía humeante, un brote verde diminuto, apenas del tamaño de un dedo, ya está empujando hacia arriba. No sé qué especie es. No sé si sobrevivirá al verano. Pero está ahí, terco, ajeno a la magnitud de lo que ha pasado a su alrededor, como si no hubiera recibido la noticia de que este era, hasta hace dos días, un lugar donde ya no debería crecer nada.
Quizá el paisaje no pierda la memoria del todo. Quizá solo la entierre, muy hondo, a la espera de una lluvia, de una estación, de un tiempo que nosotros medimos en años y que la tierra mide de otra manera. El monte que había, decían los hombres de la plaza. Puede que se equivocaran de tiempo verbal. Puede que hubiera que decir, todavía, el monte que hay.
- Gustavo Balta