A las tres de la tarde, en pleno julio, esta ciudad hace algo extraño: desaparece sin haberse ido a ningún sitio.
Las persianas están bajadas hasta la mitad, como párpados entornados. Los toldos de las terrazas cuelgan inmóviles, sin una gota de viento que los mueva. El asfalto tiembla un poco, ese temblor óptico que hace que el final de la calle parezca líquido, y no se oye nada, o casi nada: un aire acondicionado goteando en algún balcón, una persiana metálica que alguien baja del todo tres pisos más arriba, un perro que ladra una sola vez y se rinde.
Camino por la acera de la sombra, que aquí todo el mundo conoce sin que nadie la haya señalado nunca en un mapa. Es un saber colectivo, transmitido de generación en generación: en verano, a estas horas, se cruza la calle no por el semáforo sino por donde da la sombra. He visto a gente hacer eses de una acera a otra, siguiendo la sombra de los edificios como quien sigue una cuerda floja invisible.
En un banco de la plaza, un hombre mayor duerme con un periódico sobre la cara. No sé si lo usa para taparse del sol o porque se quedó leyendo y el sueño lo venció a mitad de una noticia. El periódico sube y baja con su respiración, muy despacio, y por un momento pienso que ese movimiento tan pequeño es lo único que se mueve en cien metros a la redonda.
Una tienda de ultramarinos tiene la puerta abierta pero dentro no hay nadie, ni cliente ni dependiente, solo el zumbido de una nevera de bebidas y una radio muy baja diciendo algo sobre el tráfico en la M-30, como si el tráfico fuera un rumor de otro mundo, de una ciudad que existe en otra estación.
Hace quince años, esta misma calle a esta misma hora sonaba distinto: las persianas medio bajadas escondían siestas de verdad, la ciudad se vaciaba porque la gente se metía en sus casas a dormir con el ventilador puesto, y había algo casi ceremonial en ese silencio, un pacto tácito de que a esas horas no se hacía nada importante. Ahora sospecho que detrás de muchas de esas persianas no hay nadie durmiendo. Hay gente trabajando desde casa, con el aire acondicionado a dieciocho grados, ajena por completo al calor que dobla el aire ahí fuera. La siesta como institución se ha ido reduciendo a una postal, a algo que los turistas fotografían sin saber que ya casi no ocurre.
Sigo caminando y llego a una fuente pequeña, de esas que casi nunca tienen agua salvo en agosto, cuando algún vecino harto del calor decide llenarla él mismo con una manguera, sin permiso de nadie, por puro sentido de la justicia térmica. Hoy tiene agua. Dos gorriones se turnan para meterse dentro, sacuden las alas, salpican, se van volando, vuelven otros dos. Es la escena más viva que he encontrado en toda la tarde, y la protagonizan unos pájaros que no saben nada de horarios ni de siestas ni de qué hora es en ningún reloj.
Me siento un momento a la sombra de uno de esos árboles centenarios que han visto pasar más veranos que cualquiera de nosotros y que parecen, con su corteza gastada, guardar memoria de calores anteriores, de otras tardes idénticas a esta separadas por décadas. El árbol no finge que la ciudad está vacía. El árbol sabe que dentro de las casas hay vida, que detrás de cada persiana bajada hay alguien resistiendo el calor a su manera, y que el silencio de la calle no es ausencia sino una forma de estar, distinta, replegada hacia dentro.
A las cinco y media, casi sin darme cuenta, empieza a cambiar algo. Una persiana sube del todo. Alguien saca una silla a la puerta de un bar y la coloca en la sombra, todavía dudando. El hombre del periódico se despierta, dobla el papel, mira el reloj como si hubiera perdido algo importante, y se va caminando despacio hacia ninguna parte urgente.
La ciudad no ha estado vacía en ningún momento. Solo ha estado esperando, con la respiración contenida, a que bajara un par de grados el aire, para volver a salir a la calle y demostrar que seguía ahí todo el tiempo.
- Gustavo Balta