LA PRIMERA VEZ. (Relato)

De Gustavo Balta


Nunca voy a olvidar el día en que escuché mi tambor por primera vez en la calle. No hablo de practicar en mi cuarto ni de golpearlo tímido en el patio de casa. Hablo de sacarlo afuera, de exponerlo al aire del barrio, a la mirada de todos, al juicio de los que ya sabían lo que era un toque de verdad. 

Ese día me temblaban las manos, como si no fueran mías. El cuero estaba tenso, brillaba bajo el sol, y yo apenas me animaba a apoyarle las manos.

La esquina olía a café recién hecho y pan calentito, porque justo enfrente estaba la panadería de Don Pedro. El aroma viajaba con la brisa, mezclado con ese olor a tierra mojada que había dejado la lluvia de la madrugada. Los gurises del barrio se sentaban en la vereda, desparramados como pájaros curiosos: algunos riéndose, otros serios, expectantes, como si fueran jueces de algo que todavía no sabían.

Mi vieja miraba de lejos, medio escondida detrás de la persiana entreabierta, con esa mezcla de orgullo y miedo que solo las madres saben disimular. Yo sabía que tenía ganas de aplaudir, pero también de salir corriendo a sacarme de ahí para que no pasara vergüenza.

Y yo, en el medio de la calle, con el tambor colgado, sentía que el mundo entero me estaba mirando. No eran solo mis vecinos: eran mis ancestros, mis viejos, mi gente. Cada mirada pesaba como si me estuvieran preguntando: “¿Y vos? ¿Qué tenés para decir?”.

Al primer golpe, me pareció que el tambor habló más fuerte que yo. Retumbó contra las paredes descascaradas de las casas, se mezcló con el canto de los pájaros y con los gritos de los vendedores ambulantes que ofrecían naranjas y maní caliente. El sonido no salió solo de mis manos: parecía que el cuero respiraba conmigo, que me empujaba hacia adelante.

Cada toque era como una confesión: “Acá estoy, este soy yo, este es mi barrio”. La cuerda del candombe se fue armando de a poco, primero con el chico del Flaco Miguel, después el repique de Carlitos que venía corriendo con el tali colgando, y más tarde el piano de Juan, que aparecía siempre en el momento justo. De repente, la calle se volvió otra cosa: un río, una comparsa improvisada, un llamado que no pedía permiso.

Los vecinos salieron a las puertas, algunos con mate en mano, otros golpeando palmas. Un par de gurisas empezaron a bailar en la vereda, moviéndose sin miedo, como si el tambor les marcara cada paso. 

Yo miraba todo eso y pensaba: “Esto no lo soñé, esto está pasando de verdad”.

Esa fue mi primera vez. No me importó si me salió bien o mal, ni si me seguían el ritmo o me pisaban. Lo que entendí ese día es que el tambor no es solo mío: es de todos los que lo escuchan, de los que se arriman, de los que bailan aunque no sepan, de los que lo llevan grabado en la memoria aunque ya no estén.

Desde ese día, cada vez que lo cuelgo del hombro, siento lo mismo que entonces: la responsabilidad de hablar por mí, pero también por mi barrio entero. Porque el tambor es un idioma que no se olvida, que se aprende de oído y de sangre.

Y cada vez que lo toco, sé que allá lejos —en otra esquina, en otro tiempo— todavía suena el eco de aquella primera vez, como si el tambor no hubiera dejado nunca de hablarme.