EL TAMBOR Y LA TORMENTA. (Relato)
De Gustavo Balta
La tarde estaba pesada, con un cielo gris que se arrastraba bajo sobre los techos del Barrio Sur. El aire tenía ese gusto metálico que anuncia tormenta, como si el cielo estuviera oxidándose por dentro. Yo ya sabía que iba a llover; los perros lo habían anunciado antes, ladrando sin parar con un desespero extraño, y las palomas buscaban refugio bajo las cornisas de las casas viejas, acomodándose inquietas. Igual, salí con mi tambor. No podía quedarme adentro. Había algo en esa electricidad suspendida que me pedía a gritos un toque, como si el cuero necesitara encender el aire antes de que lo hiciera el rayo.
Me puse en la esquina de Cuareim, frente al conventillo de la familia Barrios, con sus paredes descascaradas como mapas de otro tiempo y los balcones colmados de ropa tendida que flameaba en suspenso, esperando el primer viento fuerte. Apenas marqué los primeros golpes, cayó la primera gota. Después otra. Y enseguida, sin aviso, el cielo entero se desató con un rugido que hizo temblar las chapas.
La lluvia caía con furia sobre los adoquines, dibujando riachuelos que bajaban veloces por la calle como si el barrio entero se estuviera deshaciendo en agua. El olor a tierra mojada se mezclaba con el humo apagado de los braseros que aún quedaban encendidos en algún patio. Y yo, empapado hasta los huesos, seguía tocando. Cada golpe era un desafío contra la tormenta, un rugido enfrentado al trueno. Sentía que no tocaba yo: era el tambor mismo que había decidido hablar, vibrar contra el cielo en un duelo imposible.
De repente, los vecinos empezaron a aparecer, atraídos por el estrépito. Lucía, la hija de los Barrios, salió corriendo a juntar la ropa. Pero fue inútil: en segundos estaba toda empapada. Y entonces, en lugar de esconderse, se quedó ahí, bajo el aguacero, bailando descalza, con el vestido pegado al cuerpo y el pelo suelto, brillando como un relámpago humano. Su risa se mezclaba con el repique invisible de la lluvia.
Don Ramón, el del sombrero que nunca se sacaba ni para dormir la siesta, salió al zaguán. Esta vez, en un gesto inesperado, levantó su sombrero hacia el cielo como si saludara a los truenos, y después, riéndose, lo dejó flotar en un charco, mientras golpeaba las palmas para seguirme el ritmo. Más allá, los gurises chapoteaban en el agua, pateando los charcos como si fueran bombos pequeños, sumándose a la cuerda con sus juegos.
Yo seguía tocando, y sentía que la tormenta me respondía. El trueno contestaba al tambor chico; los relámpagos eran repiques de luz que partían el cielo en dos; el viento soplaba como un piano grave que venía de las entrañas del mar. Era un diálogo imposible entre la comparsa invisible de arriba y mi tambor solitario abajo. Y por un instante, me pareció que el cielo entero bajaba a la calle para unirse al candombe.
Cuando la tormenta empezó a aflojar, el barrio estaba irreconocible: charcos inmensos en cada esquina, hojas y ramas pegadas al asfalto, las paredes brillando de agua como espejos recién lavados. La ropa de los balcones ya no era ropa, era bandera, ondeando pesada pero victoriosa.
Y en medio de todo ese paisaje deshecho, quedaba una certeza: no habíamos resistido la tormenta, la habíamos bailado. Como si el candombe tuviera el poder de domar al cielo, de enseñarle a llover con ritmo. Esa tarde entendí que hay toques que no son para la gente: son para conversar con la misma tormenta.