A las ocho y cuarto de la mañana, el autobús 24 va lleno. No hay un asiento libre y los que van de pie se sujetan con una mano mientras con la otra sostienen el teléfono, como si el aparato pesara más que el propio cuerpo y hubiera que equilibrarlo.
Cuento las cabezas. Once personas. Diez miran la pantalla. La número once es una mujer de unos setenta años que lleva una bolsa de naranjas sobre las rodillas y mira por la ventana con esa expresión de quien no espera ver nada nuevo, pero mira igual, por costumbre, por educación hacia el mundo.
No es silencio, lo que hay en el autobús. El silencio sería otra cosa, algo compartido, algo que se respira entre todos. Esto es distinto: es la suma de once silencios individuales que no se tocan entre sí. Cada uno va encerrado en su rectángulo de luz, a kilómetros de distancia de los demás aunque estén a veinte centímetros.
En la parada de la calle Alcalá sube un chico con una guitarra a la espalda. Se queda de pie, agarrado a la barra, y por un segundo parece que va a mirar a alguien, cualquiera, solo para comprobar si alguien le devuelve la mirada. Nadie lo hace. Saca el teléfono. Ahora son doce.
La mujer de las naranjas es la única que no ha cambiado de postura en los siete minutos que llevo observando. Sigue mirando la calle: los toldos bajados por el calor, un hombre que riega macetas en un balcón, un perro atado a la puerta de una panadería que espera con una paciencia que ningún humano del autobús podría sostener ahora mismo.
Pienso que hace veinte años este mismo autobús, a esta misma hora, habría sonado distinto. Habría habido conversaciones, algún periódico abierto, alguien contándole a un desconocido lo que había soñado esa noche, porque contarle cosas a un desconocido en un trayecto corto era, durante mucho tiempo, una de las pequeñas libertades de vivir en una ciudad. Se podía hablar sin compromiso, sin consecuencia, sabiendo que en diez minutos cada uno bajaría en su parada y no volvería a ver al otro nunca más. Esa levedad se ha perdido, o al menos ha cambiado de sitio: ahora la levedad está en el teléfono, en conversaciones con gente que no está en el autobús, mientras la gente que sí está se vuelve invisible.
El autobús frena en un semáforo. La mujer de las naranjas se gira, por primera vez, no hacia la ventana sino hacia el interior. Mira un momento a los que la rodean —doce cabezas inclinadas, doce luces azules reflejadas en doce caras— y sonríe, pero no es una sonrisa alegre. Es la sonrisa de alguien que ha entendido algo que los demás todavía no han notado que se les ha escapado.
Baja en la siguiente parada. Antes de bajar, mete la mano en la bolsa, saca una naranja y la deja, sin decir nada, sobre el asiento vacío que deja libre. No sé si es un gesto para el próximo pasajero, una broma privada, o simplemente algo que hace siempre, una costumbre suya que nadie ha visto nunca porque nadie mira.
El autobús arranca. La naranja rueda un poco con el movimiento y se para contra la pata del asiento. Nadie la mira. Yo tampoco dejo de mirarla en todo el trayecto.
Quizá el problema de nuestro tiempo no sea que nadie escucha. Quizá sea que todos estamos esperando nuestro turno para hablar, y mientras tanto, alguien deja una naranja sobre un asiento y nadie se entera de que acaba de pasar algo.
- Gustavo Balta